Hace dos o tres días que me pegue un tiro en la frente, perdónenme que no pueda describir bien que sentí cuando la bala cruzó mi cabeza, pero la risa me nubló la vista.
Estaba tirado en el sillón de mi casa, la biblioteca estaba de testigo y un par de libros sobre el escritorio, como siempre todo estudiado, la escena quieta, inalterable.
La apuesta era que todos los amigos nos pegábamos un tiro y nos juntábamos en la taberna que esta frente del taller de Alquimia y lanza a la medianoche, para darle un toque más lúgubre.
Al principio dudé del arma que tenia en la mano, pero el tipo de la tienda dijo que era confiable. “Dispare en medio de la frente o en la sien, no tendrá problemas”, las balas estaban blindadas, puesto que me las trajo un vecino desde la nasa en alguno de sus viajes por su nuevo tubo de luz.
En fin ahí estaba en mi sillón, el arma, la biblioteca y yo. Aproveché de sacarme mi armadura para que no se me manchara en sangre.
Estaba preparado todo, preferí quedarme con la luz de la lámpara (como en penumbras), no había notado que el espejo estaba frente a mí, y entre mi reflejo y yo, el ajedrez y sus piezas ordenadas de ocho en ocho, a dieciséis a treinta y dos y en la mitad de una jugada que no había alcanzado a terminar.
Con la misma emoción de quien se lava los dientes, puse el cañón entremedio de las cejas (recordé al viejo abad de la universidad y sus chakras kundalinikos) y tomé el mango del arma con los dedos dejando que el pulgar presionara el gatillo (finamente logrado en marfil, por ingenieros sirios), sentí como entraba la brisa de mar mezclada con los naranjos del jardín y disparé sin pensarlo.
Silencio.
Un, dos, tres segundos y yo seguí ahí.
La bala cruzó mi cabeza (no la sentí por que me dio cosquillas cuando me atravesó el cráneo) revisé toda la biblioteca con la vista para asegurarme que todo mantuviera su orden, los libritos, la lámpara, el escritorio, mi armadura a un costado y todo, todo estaba exactamente igual que hace un par de segundos.
Traté de sentir dolor de cabeza y nada.
Sin embargo el arma humeaba, pero no había olor a pólvora ni a brisa salada ni a naranjos del jardín.
Moví un dedo, y el dedo se movió, moví un pie y el pie se movió. “todo en orden”- pensé, me iba a parar del sillón decepcionado de la experiencia, no existía la manera de experimentar la muerte ni de comprobar si había vida del más allá o fenómenos paranormales, todo esto tiraba a la basura años de experimentos metafísicos. Me levanté del sillón y con una pierna pasé a llevar el ajedrez, rápidamente alcancé a mantenerlo en equilibrio y solo se vino abajo una pieza del tablero, el rey, por supuesto.
“Ja! Jaque mate”, dije y me sonreí al espejo que estaba al frente.
El espejo me devolvió mi reflejo tirado en el sillón, sangrando, con un arma en la mano, humeando y la cabeza partida en dos.
“Jaque mate”, volví a decir pasmado por la visión y la decepción.
El reloj marcaba las 23.45 y salí volando por la ventana, se me hacia tarde para llegar a la taberna.