Avanzas tan rapido como tu triste cuerpecito puede permitirtelo, lloras, jadeas, el recorrido te cansa y no quieres acercarte.
Sabes que si paras el piso se vuelve en tu contra y en vez de avanzar, retrocederás.
Sabes que sacando las cosas afuera solo crearás confusión en tu interior y sabes que el camino mas lógico es el de arrancar, como un loco arrancando del perro que lo quiere retener.
No te vas dando cuenta de que el punto se acerca a ti cada vez que te alejas más de él y no entiendes como pasa y ves a lo lejos a ese hombre que tiende a bendecirte a lo lejos, muy a lo lejos.
No es necesario saber quien es, lo conoces desde otra conciencia.
Entonces entiendes y paras.
Entonces entiendes todo y paras.
Tu cara sudada, tu pantalon desgarrado, tus cosas en tu bolsa, tu alma perdida con los ojos mirando al cielo, te quedas quieto y aguardas.
Y nada sucede.
Nada se mueve.
El sol sigue alumbrando el mismo camino por el que pretendias arrancar.
El perro vuelve por su camino y tu quieto, solo y desesperado te dejas caer.
El mundo te rodea y envuelve en olivos y sales de nuevo fortalecido, pero esta vez no corres, vas sobre un carro de oro.
