Hay botellas vacías de vino y cajas de cartón repartidas por los escalones.
No me importa. A ella tampoco.
Se mueve con autentica gracia, con estudiada gracia.
Abre la puerta y solo hay una cama y la luz de la ventana entra celeste por el neon de la fábrica que hay cruzando la calle.
La ventana está rota y sin vidrios, la cubre una persiana.
Se desnuda, me besa, sus besos son el cielo y me toma como si me conociera desde hace tanto tiempo atrás.
Sus gemidos son tan profundos que no puedo contenerme y jadeo con ella.
Sabanas que se mojan por el sudor de ambos, sabanas saladas, inútiles, muertas.

Un frío recorre mi cuerpo, parte del cuello, me hace cerrar los ojos, gritar, la sensación se apodera de mi espalda arañada por sus malditas uñas. Grito, ella también lo hace y caigo muerto, exhausto, rendido, me rindo.
Tomo mi ropa, la camisa, pantalones, zapatos y me despido con un suave beso en la frente, antes que se haga demasiado tarde. Antes que sea demasiado tarde.
Bajo por el polvo de esas escaleras y vuelvo a sentir ese olor a ratas, hongo, vinagre.
Al salir fijo mi vista en la ventana y ahí esta ella, mirándome en silencio, esta fumando un pequeño cigarro, la luz celeste del neon no ayuda a distinguir.
Yo camino hasta que pase un taxi.
Ella se quedará en la ventana esperando el amanecer y la soledad.
La puta soledad.