domingo, diciembre 11, 2011

El altar de mis demonios





Los miedos son una parte necesaria de la vida.

Caminar por ahí sin rumbo fijo es entretenido y temerario, sin duda, pero ilógico, incoherente y ciertamente imposible si no encuentras algún miedo en el camino.

Lo clásico es encontrarte con ellos y derribarlos, saltarlos, esquivarlos, evitarlos o hacerse el leso si usted prefiere.

Claro, ese es el camino fácil y para muchas personas eso funciona, en el mejor de los casos son pasados por la garganta, comidos, bien masticados y tragados hasta asimilarlos y que va, sigamos el camino porque para eso estamos en esta vida al final, para vivir la vida sin que la vida lo viva a uno.

Mucho menos esos miedos.

pero por otra parte hay otros, los màs peligrosos los que uno no se traga ni asimila, si no que los guarda en el cajoncito en el fondo del velador y al final termina enalteciendo esos miediecillos, les crea casi un santuario, los alaba y recurre a ellos en momentos de desesperación, ilògicamente para desesperarse mucho más.

Hasta que los convierte en pequeños demonios, diablillos rojos dando vueltas por ahi para pincharte con el tridente cuando más pelotudo seas y te dejes pinchar.
Ellos saben que tienen un altar y como tal no harás nada para deshacerte de ello, de ellos.
Al menos eso te quieren hacer creer.

Y pasa que un día no hay altar, no hay diablitos, no hay ningún demonio que te pueda decir ni hacer nada, es más ni siquiera los extrañas.

Entonces sigues en tu viaje inicial, riendo, abrazando, saltando y cantando frente a los obstaculos que te toquen en la travesía, porque al final es solo eso, una entretenida travesía en donde no sabes en que momento los demonios vuelven a formar un altar, que cuando lo reconoces solo te ríes.

Porque sabes que los vencerás (Y esta vez con mucho mejor banda sonora).

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